Fingir y terminar creyendo...
Era mi primer día de trabajo como operador de call center, alrededor del 2007. Tenía que llamar a clientes españoles para venderles equipos celulares nuevos y de última generación. Sin duda, estaba muy nervioso, ya que nunca había hecho telemarketing (venta telefónica) y cada vez que levantaba el teléfono, era como si levantara un martillo de 50 kilos. Me costaba mucho hablar y mi voz sonaba temblorosa y baja. No quería renunciar y estaba decidido a esforzarme. Intentaba una llamada tras otra, pero los clientes españoles no hacían más que insultarme o colgarme. Fue realmente frustrante.
Después de unos días, me acerqué al supervisor de la plataforma y le dije que quería renunciar, que yo no estaba hecho para este trabajo y que lo mío era administrar restaurantes. El supervisor, sorprendido, me dijo que yo sabía mucho de celulares y sus ventajas, y que ayudaba a resolver dudas sobre tecnología a mis compañeros. Este negocio del telemarketing era para mí, solo era cuestión de tiempo. Me dio un consejo: cada vez que llamara a un cliente, debía fingir que era el mejor vendedor del mundo y que no habría objeción que no pudiera rebatir. Imaginarme que siempre iba a vender una mejora para la vida del cliente y que nunca aceptaría un "no" por respuesta. También debía fingir que era el mejor de la plataforma y que, por ende, debería siempre marcar la pauta y dar el ejemplo a los demás. Respondí diciendo que eso no era verdad, que no era el mejor, pero él me dijo que no importaba, que solo tenía que fingir serlo.
Después de esa reunión, me fui a casa y me puse a leer sobre técnicas de ventas telefónicas, vi videos al respecto y traté de absorber toda la información que pudiera para ayudarme en mi nueva misión y adoptar mi nueva personalidad: fingir ser el mejor. Al día siguiente, comencé a vender: un celular, luego dos, tres, cuatro, cinco, y terminé el día con seis ventas. Al día siguiente vendí ocho y, al finalizar la semana, terminé con un promedio de trece ventas, por encima del promedio. A partir de ese momento, nunca bajé de trece ventas y comenzaron las competencias en la plataforma por saber quién era el mejor vendedor. Había otros tres chicos con los que competía, y nos esforzábamos cada vez más, llegando incluso a 19 ventas por día en buenas campañas. Siempre aparecía en la pantalla de la plataforma entre los tres mejores, y competíamos duro pero limpiamente. Después de varios meses, ascendí a jefe de ventas y luego me enviaron como supervisor para abrir un centro de telemarketing en Colombia, donde seguí fingiendo ser el mejor.
Ya en Colombia, establecido como supervisor de la plataforma y viendo cómo los chicos vendían por teléfono, un día un joven se acercó a mi oficina y me preguntó si podía entrar. Le dije que sí y, cortésmente, me explicó que estaba triste porque quería mucho el trabajo, pero sentía que no era bueno para la venta por teléfono y que le costaba mucho llamar.
Quería renunciar, y en ese momento, ¿qué creen que se me vino a la mente? ¡Exacto! Las mismas palabras que mi supervisor me había dicho tiempo atrás. Me di cuenta de que, de tanto fingir, terminé creyendo y siendo el mejor, lo que me llevó a estar en ese hermoso país abriendo un nuevo call center.
No me quedó más que decirle al joven que también podía lograr lo que quisiera y que todo dependía de la actitud con la que enfrentara la situación al teléfono. Le aconsejé que fingiera ser el mejor, que no se desanimara, que se preparara bien y creyera en sí mismo para realizar el trabajo. Le aseguré que no había imposibles en esta vida y que todo dependía de su perseverancia por seguir adelante. El joven salió y comenzó a intentarlo como lo hice yo, demostrando determinación y fingiendo hasta creer que sí se podía lograr ser el mejor al teléfono. Ahora él también es uno de los jefes de ventas que dejé ascendido cuando regresé a Perú.
La vida es así, ¿no creen? El éxito solo se basa en la determinación para hacer las cosas que nos propongamos como objetivo y decidir dar el primer paso. Como dicen, un viaje de 10 mil kilómetros siempre empieza con un solo paso.
Recuerden: perseverar siempre, rendirse jamás.
¡Gracias!
Fuiiii
Julio Guerrero Leon
Comentarios
Publicar un comentario